Dos manos, un solo objetivo
Cuarenta y siete noches entre dos, cada uno con su parte, y al final un juego entero
Un hombre y una máquina construyeron algo bonito, juntos. Este libro cuenta cómo fue — y entre líneas está la manera de que pueda hacerlo cualquiera.
Me he pasado la vida escribiendo software que la gente abre porque no le queda más remedio. Luego quise hacer algo que alguien abriera porque le apetecía, y tomé una segunda decisión: no escribiría ni una línea.
En 47 noches, después del trabajo, salió un juego entero: 49 coches, diez mundos, 240 niveles, un viaje de 40.000 kilómetros.
Pero el juego es la prueba, no el argumento. El argumento es qué pasa de verdad cuando una persona y una máquina trabajan codo con codo: quién decide qué, dónde la máquina es imbatible y dónde — siempre en el mismo punto — no llega.
Los métodos no están en un capítulo: están dentro de las historias
Cada capítulo deja una regla para llevarse, y la explica donde nació: la noche en que algo no funcionaba, lo que probé, lo que quedó de ello. Por eso al final del libro no hay ninguna lista de consejos: las reglas ya las has visto pasar. Y valen mucho más allá de un videojuego:
- Di qué efecto tiene que hacer, no qué tiene que ser. Una petición que describe un objeto te devuelve una lista marcada. Una que describe un efecto sobre una persona te da una diana
- La respuesta tiene la anchura de la pregunta. Tres veces pregunté por un obstáculo y me arreglaron un obstáculo, estupendamente. La cuarta pregunté por todos, y era el mismo trabajo
- No pidas más de lo que puedes juzgar. Cincuenta cosas entregadas juntas son cincuenta apuestas hechas la misma tarde, y nadie mirando
- Algo puede funcionar de maravilla y estar equivocado. Ninguna medida del mundo te dice que lo que estás midiendo no sirve para nada
Y al final de cada capítulo hay media página escrita por la máquina, donde dice en qué se equivocó. No es un recurso: es el método con el que se escribió el libro.
La promesa, y la advertencia
Porque lo que he aprendido es una sola cosa, y son las dos a la vez: la máquina multiplica lo que le llevas. Si no le llevas nada, te devuelve muchísima nada, deprisa y con aire de haber hecho un trabajazo. El fracaso no se ve: parece abundancia.
Por eso el libro cuenta también las veces que salió mal: cincuenta ideas construidas a la perfección y todas por rehacer, doscientos cuarenta niveles que funcionaban y eran aburridos, una noche con un juego en la mano que iba de maravilla y no servía para nada. Son los capítulos en los que mejor se ve el método.
Para quién es
No hace falta saber programar. No hace falta ser experto en inteligencia artificial: tampoco lo soy yo. Hace falta saber decir qué quieres, mirar lo que vuelve sin contarte cuentos y ponerte en el lugar de quien va a usar la cosa.
Eso ya sabes hacerlo.
Quién lo ha escrito
Federico Di Bari tiene 43 años y escribe software de gestión para ganarse la vida. ZighiRun es lo primero que ha hecho para que alguien lo abriera por gusto, y es el juego del que habla este libro.
El libro todavía no ha salido. Estará en Amazon en digital y en papel, primero en italiano y luego en inglés, alemán, español y francés. La edición italiana se titula «Due mani, un solo obiettivo».
Antes de leerlo
Descarga el juego, es gratis en Android y iPhone: de la mitad del libro en adelante se habla de eso — de una curva mal tomada, de un león que persigue, de un cuaderno que se abre poco a poco. Tenerlo en la mano mientras lees lo cambia todo.
